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Sunday, 29 September 2019

sitios arqueológicos podrían ser dañados por el muro


El Servicio de Parques Nacionales advierte que la construcción de muros fronterizos podría destruir 22 sitios arqueológicos 

publicado por Melissa Cruz 23 de sep de 2019 Aplicación de la Frontera, Aplicación de la Ley, Inmigración 101




En la prisa de la administración Trump por construir un muro a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, 22 sitios arqueológicos podrían ser dañados o completamente destruidos. Esta advertencia proviene de un informe interno del Servicio de Parques Nacionales que detalla cómo las nuevas esgrimas fronterizas, excavadoras, excavadoras y cuatro ruedas de la Patrulla Fronteriza podrían dañar irrevocablemente a los antiguos remanentes de las tribus nativas americanas, así como a las especies en peligro de extinción en el Arizona. La administración anunció que transferirá 560 acres de tierra federal al Ejército de los Estados Unidos para la construcción de muros fronterizos, la única vez que las tierras federales han sido transferidas para este propósito. Muchos grupos de defensa, iglesias y terratenientes privados han empujado durante mucho tiempo hacia atrás contra los planes de la administración de construir más cerca fronteriza en esta tierra. Pero este informe de 123 páginas es inusual ya que proviene del gobierno directamente: el Servicio de Parques Nacionales es una agencia dentro del Departamento del Interior de los Estados Unidos. Los funcionarios del Servicio de Parques dicen que los sitios arqueológicos contienen artefactos bien conservados, como herramientas de piedra y objetos de cerámica. Pertenecen a tribus que han ocupado el desierto durante al menos 16.000 años. El informe también advierte que este equipo de movimiento de tierras podría poner aún más en peligro un tipo de pez cachorro, la tortuga de barro Sonoyta, el caracol de primavera de Quitobaquito y la planta de alcaparras del desierto. Este tramo de la frontera es uno de los pocos lugares en el mundo, y la única zona en los Estados Unidos, donde estas especies todavía viven en la naturaleza.
El área aislada fue una vez parte del Old Salt Trail, una ruta comercial prehistórica que originalmente atiende a los productos mexicanos. Más tarde se convirtió en un lugar popular para los misioneros españoles, colonos occidentales y otros viajeros que necesitaban beber del agua de los manantiales. Los manantiales de la antigua ruta comercial y los humedales circundantes están a sólo 200 pies de donde la administración erigirá barreras gigantes de acero. Los científicos han advertido que los manantiales podrían secarse si los equipos de construcción bombean agua subterránea para asegurar la base de hormigón de la barrera. El Departamento de Seguridad Nacional ha sido capaz de eludir varios requisitos federales que de otro modo habrían ralentizado o incluso detenido los proyectos de construcción. Una ley de 2005 les permitió renunciar a la Ley de Protección de recursos arqueológicos, la Ley Nacional de Preservación Histórica y la Ley de Especies Amenazadas para construir el muro fronterizo del presidente Trump. El informe de precaución, el servicio interno del servicio de parques que se hace público parece no haber hecho nada para ralentizar esos planes.

Melissa Cruz es la Asociada de Comunicaciones y Programas en el Consejo Americano de Inmigración. Supervisa las relaciones con los medios de comunicación y la creación de contenidos para ImmigrationImpact.com, la publicación diaria en línea del Consejo. Anteriormente, trabajó como reportera política para RealClearPolitics y Bustle, así como escritora para la Campaña de Derechos Humanos. Melissa recibió su B.A. en Inglés y Mujeres, Género y Estudios de Sexualidad de la Universidad Estatal de Georgia.

Monday, 23 September 2019

GRETA THUNBERG







Había una extraña quietud. Los pájaros, por ejemplo... ¿dónde se habían ido? Mucha gente hablaba de ellos, confusa y preocupada. Los comederos de los patios estaban vacíos. Las pocas aves que se veían se hallaban moribundas: temblaban violentamente y no podían volar. Era una primavera sin voces. En las madrugadas que antaño fueron perturbadas por el coro de robines, pájaros gato, tórtolas, arrendajos, chochines y multitud de otras voces de pájaros, no se percibía un solo rumor; sólo el silencio se extendía sobre los campos, los bosques y las marismas. En las granjas, las gallinas empollaban, pero ningún polluelo salía de los cascarones. Los campesinos se quejaban de que no conseguían criar ningún cerdo, las camadas eran pequeñas y los lechones sobrevivían sólo unos cuantos días. Los manzanos echaban flor, pero ninguna abeja zumbaba entre las flores, por consiguiente no había polinización y no habría frutos. Los bordes de los caminos, tan atractivos tiempo atrás, estaban ahora cubiertos de vegetación tostada y reseca, como consumida por el fuego. También éstos se hallaban silenciosos y desprovistos de toda criatura viviente. Incluso los riachuelos se veían sin vida. Los pescadores ya no los visitaban, porque todos los peces habían muerto. En los canalones de los tejados, sobre los aleros y entre los ripios, un polvo blanco y granuloso mostraba aún algunas manchas; pocas semanas antes había caído como nieve sobre los techos y los céspedes, los campos y los arroyos. Ninguna brujería, ninguna acción del enemigo había silenciado el rebrotar de nueva vida en este mundo así afligido. Lo había hecho la misma gente. Esta ciudad no existe en realidad, pero podría haber tenido mil duplicados en Norteamérica o en cualquier otro sitio del mundo. No conozco ninguna comunidad que haya sufrido todas las desgracias que he descrito. Pero cada uno de esos desastres ha ocurrido de verdad en algún lugar, y muchas comunidades reales han experimentado un buen número de ellos. Un siniestro espectro se ha deslizado entre nosotros casi sin que lo advirtiéramos, y esta imaginaria tragedia podría fácilmente convertirse en una completa realidad que todos nosotros conoceríamos. Los caminos eran lugares de gran belleza, donde incontables pájaros acudían a comerse las moras y las semillas de las cabezuelas de las hierbas secas que sobresalían de entre la nieve. La comarca era famosa por la abundancia y variedad de sus aves, y cuando la riada de las aves migratorias se derramaba sobre ella en primavera y en otoño, la gente llegaba desde grandes distancias para contemplarla. Otros iban a pescar en los ríos, que fluían, claros y fríos, desde las montañas y que ofrecían sombreados remansos en que nadaban las truchas. Así había sido desde los días, hace muchos años, en que los primeros colonos levantaron sus casas, cavaron sus pozos y construyeron sus graneros. Entonces una extraña plaga se extendió por la comarca y todo empezó a cambiar. Algún maleficio se había adueñado del lugar; misteriosas enfermedades acabaron con las aves de corral; vacas y ovejas enfermaron y murieron. Por todas partes se extendió una sombra de muerte. Los granjeros hablaron de muchas enfermedades que aquejaban a sus familias. En la ciudad, los médicos se encontraban cada vez más confusos por las nuevas clases de afecciones que aparecían entre sus pacientes. Hubo varias muertes repentinas e inexplicables, no sólo entre los adultos, sino incluso entre los niños que, de pronto, eran atacados por el mal mientras jugaban y morían a las pocas horas. Había una extraña quietud. Los pájaros, por ejemplo... ¿dónde se habían ido? Mucha gente hablaba de ellos, confusa y preocupada. Los comederos de los patios estaban vacíos. Las pocas aves que se veían se hallaban moribundas: temblaban violentamente y no podían volar. Era una primavera sin voces. En las madrugadas que antaño fueron perturbadas por el coro de robines, pájaros gato, tórtolas, arrendajos, chochines y multitud de otras voces de pájaros, no se percibía un solo rumor; sólo el silencio se extendía sobre los campos, los bosques y las marismas. En las granjas, las gallinas empollaban, pero ningún polluelo salía de los cascarones. Los campesinos se quejaban de que no conseguían criar ningún cerdo, las camadas eran pequeñas y los lechones sobrevivían sólo unos cuantos días. Los manzanos echaban flor, pero ninguna abeja zumbaba entre las flores, por consiguiente no había polinización y no habría frutos. Los bordes de los caminos, tan atractivos tiempo atrás, estaban ahora cubiertos de vegetación tostada y reseca, como con sumida por el fuego. También éstos se hallaban silenciosos y desprovistos de toda criatura viviente. Incluso los riachuelos se veían sin vida. Los pescadores ya no los visitaban, porque todos los peces habían muerto. En los canalones de los tejados, sobre los aleros y entre los ripios, un polvo blanco y granuloso mostraba aún algunas manchas; pocas semanas antes había caído como nieve sobre los techos y los céspedes, los campos y los arroyos. Ninguna brujería, ninguna acción del enemigo había silenciado el rebrotar de nueva vida en este mundo así afligido. Lo había hecho la misma gente.


RACHEL CARSON "LA PRIMAVERA SILENCIOSA"