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Sunday, 29 March 2020

Somatizo



“Hay un sector de la sociedad que sufre colateralmente los efectos de esta crisis.
Sin embargo debido a la gravedad de la situación y la gran cantidad de enfermos reales y personas afectadas, sus penurias pasaran a segundo plano, quizás algún desalmado incluso se burle injustamente de sus tribulaciones.
Me refiero a ellos, los hipocondriacos. Los psicosomáticos, los impresionables hipersensibles aprehensivos que sufren males indetectables. Sus mentes copian y pegan síntomas en sus cuerpos sensibles, incluso las nauseas matinales de su pareja embarazada, la hinchazón de los pies y el lumbago del abuelo.
En tiempos normales saben bien como esquivarle a aquel amigo recién operado, al programa de TV en el que invitan médicos, y por supuesto a las series tipo Dr House o esa del doctor autístico.
Pero la difusión permanente de los síntomas a consecuencia de esta pandemia hace que el pobre sujeto no pueda escapar y somatice.
Hace un par de años un cuento mío fue elegido en la antología Relatos Inconexos de editorial Dunken, al recibir algunos ejemplares le dedique un tiempo a leer a los otros autores con los que compartía el privilegio, algunas historias de gran calidad otros relatos interesantes pero entre todos se destaca a mi parecer este Somatizo de Guillermo Montezanti.

Luego de obtener su autorización , tengo el placer de compartir con ustedes este entretenido relato que nos describe con detalles ,que pasa por la mente de un hipocondriaco”.   Javier Martin Miro’






Somatizo:

Somatizo, dice el médico.
Puede ser cierto. Soy muy sugestionable. Internet ayuda hoy día, con sus páginas seudocientíficas, con sus foros de discusión, con sus “profesionales” evacuando consultas en línea. Lo cierto es que me duele.

Pensé que el dolor cesaría luego de que el médico me revisara y me dijera que no era nada, que estaba somatizando. Que todo era un engaño de una mente demasiado melindrosa, demasiado pusilánime.

Una mente atada a una moral tan o más tirana que la religiosa. La de las causas y los efectos. La nueva regla del ascetismo y la disciplina monacal promete el paraíso de una vida saludable y larga.
En cambio las penurias de la suerte son por las dudas encasilladas en algún defecto de conducta. “Es que fumaba, tomaba mucho, nunca hacía ejercicio, iba en el auto hasta el kiosco de la esquina, demasiado estrés, se preocupaba por cualquier cosa, de cualquier problema hacía un mundo, mucho sexo, seguramente bastante promiscuo, andá a saber incluso si se cuidaba como es debido, yo le decía que aflojara con la sal, con los asados, con las frituras, y él como si oyera llover”.
Pienso en tomar un antibiótico por las dudas. Tal vez se trate de una inflamación indetectable. Toco mis ganglios bajo la mandíbula. Los noto igual que ayer. O sea, tan hinchados o deshinchados como ayer. Me es difícil establecer un cotejo absoluto. Pero deben estar más o menos bien; si no el médico me habría dicho algo. Aunque tal vez ni se fijó. Los médicos también se pierden en preconceptos. “Qué riesgo pudo haber corrido este tipo como para tener una infección, para qué perder tiempo palpando los ganglios del cuello, de las axilas, de las ingles. Ya sé que sólo es un hipocondríaco con tremendo cagazo”.
Ciertamente, el doctor tiene razón. No he tenido sexo clandestino, ni promiscuo. No me he drogado ni me he cortado con una chapa oxidada. No he estado en el trópico ni comido alimentos poco cocidos.

El dolor se ha trasladado, en estas tres cuadras caminadas desde el consultorio, de abajo de las costillas izquierdas al medio del omóplato. Ahora es como un dedo pulgar que se hunde en la espalda. Puede ser cáncer de pulmón, puede ser una neuralgia por repetición mecánica de movimientos ante la computadora, puede ser una mala postura al dormir, puede ser la punta de la lanza de una parca cruel y sádica.
Cruzo la calle con cierta despreocupación. Miro desafiante a los ojos felinos de un Peugeot 206 que pretende doblar sin frenar en la esquina. A desgano la conductora aminora, aunque no termina de detenerse. De todas formas, va a tener que poner primera de nuevo, o al menos segunda. Un esfuerzo de muñeca derecha y de pie izquierdo terrible para el automovilista promedio. Tal vez sería mejor que me pisara, que acabara de una vez con la agonía de no saber. El dolor ha subido una vez más, ahora desde la nuca se propaga hacia la epiglotis. Trago con dificultad. Siento la picazón en la garganta, ya intuyo una abreviación de la capacidad de inspirar. Inspiro con vigor, pero siento que mi tórax no puede llenarse.
Tal vez sea una alergia. La primavera en Buenos Aires es implacable. Los árboles están de serenata, expelen su polen para multiplicarse, ignorantes de las medidas profilácticas del gobierno municipal.
La lucha sorda entre el ímpetu vegetal y la dictadura del cemento. Y los plátanos son directamente un arma química contra las mucosas: irritan ojos, narinas, fauces. Como los habitantes de la isla de Miyakejima, con sus permanentes emanaciones sulfúricas, deberíamos usar máscaras de gas todo el tiempo. Entro finalmente en mi casa, algo transpirado por el trajín bajo el sol. Ha sido una caminata impetuosa, acosada por las cavilaciones pero impulsada por el deseo de superar el dolor y recuperar la salud.

El balance es auspicioso. He demorado muy poco en recorrer la veintena de cuadras que me separan del consultorio. Además, que el dolor haya mudado de sitio indica, después de todo, que su carácter es relativo, que no significa nada serio ni permanente.

Tal vez sea cierto que solamente somatizo. Pero debo sentarme. Punzante como un aguijón, ha vuelto a aparecer bajo la costilla flotante izquierda, más preciso y tenaz que nunca.

Guillermo Montezanti.



Nacido en Bahía Blanca en 1973, vive en Buenos Aires desde 1991.
Escritor, poeta, ilustrador, abogado.
Ha publicado "Los ojos del viento" (Argenta, 2001), "La noche albina" y "Hierofantes" (Dunken, 2005), "Canto de Bélier" (Dunken, 2011), "El cuento de la buena pipa y otras pipas" (Imaginante, 2018) y "Tetraedro" (Imaginante, 2020).
Tiene en preparación "Disociedades", libro de cuentos.

Thursday, 30 January 2020

Los enigmas de un sueño



Los enigmas de un sueño y el Capitan del crucero





En mi extraño sueño yo era el Capitán del prestigioso crucero “Ostentacion del océano”
Y una mañana la tripulación del elegante crucero me despertó sumergiéndome repentinamente (aun estando en el sueño) en el espanto de contemplar la totalidad de los cadáveres de los distinguidos pasajeros flotando en una turbia mezcla de champagne y excrementos en el salón de baile “L’esplendour”.

De inmediato ordene’ al personal medico los correspondientes test de patología de rigor para determinar la posible causa de la tragedia.
Al mismo tiempo encargue’ la investigación de cualquier posible envenenamiento o acto criminal que pudiera producir semejante desenlace al oficial a bordo responsable de pericias el ex investigador de Pre’fecture , Sergent-chef Jean Claude Formidol.




El experto forense Jean Claude Formidol no pudo concluir en su diagnóstico si se trataba de una mutación justiciera del virus del Ébola, o un exceso de toxinas de una variedad de caviar extraído de esturiones asfixiados en aguas nauseabundas intoxicados por desechos dispensados por una de las compañías que paradójicamente contaba entre los viajeros como principales accionistas.

Sin embargo Formidol también atribuyo’ la tragedia al temible síndrome de aburrimiento prolongado que podría haber inducido la baja de las defensas inmunológicas de los fallecidos , adjudicándole a cualquier virus común la potencia devastadora de la peste negra. Sin duda habían pasado un tiempo excesivo practicando el juego del golf entre mediocres, entablando conversaciones superficiales, comparando las dimensiones de sus penes y la nauseabunda voluptuosidad de sus fortunas y deambulando por lugares extremos del planeta acumulando fotos para sus cuentas de instagrams que nadie visitaba sin poder conocer ningún lugar de la tierra en absoluto.




"De no haber sido esto, un iceberg poderoso hubiera tarde o temprano infringido una herida mortal en las entrañas de la lujosa fortaleza flotante agrego’ Formidol.

"Sin deambular por las calles, comer pizza en los puestos de Nápoles, oler la fruta del mercado Sorrento o charlar con los pescadores de la costa del mar de Andaman , dejarse humedecer por las lloviznas de Buenos Aires o besar a su pareja bailando al compás de una banda de blues en aquel pub de Dublín, o amanecer al frio con los primeros rayos de la luz del día compartiendo un café con leche con  bailarinas del Moulin Rouge en un café del barrio de Montartre; sin algo de esa magia, viajar no tiene sentido" (insinuo’ el forense).



















Viajar sin conocer, vivir sin sentir, merecida cárcel de lujo, asepsia mortal concluyo’ Formidol deleite aparente pero sin duda empalagoso disguste.

Me desperté sobresaltado y descubro en mi mesa de luz el folleto de mi reserva al crucero por las islas del Pacifico, vacaciones que he decidido cancelar de inmediato .


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