UN VERANO SIN EL GORDO SAVIGNON

Se sube al coche ya casi cargado y nos amenaza:” Voy
con ustedes”
Horacio y yo sabíamos que esto representaba el final
de nuestros sueños de conquistas y aventuras con especímenes del sexo femenino
De todas maneras después de deshacernos del maldito
intruso, abandonándolo en el Paraje El Atalaya, cuando paramos por un café con
leche con medias lunas al cabo de unas horas nos encontrábamos nuevamente en
Mar del Plata.
Todo parecía más lindo se respiraba un aire fresco de
libertad en el balneario La Sirena, el
sol brillaba en forma tenue y cálida acariciando los sentidos, las chicas nos
sonreían al pasar luciendo unas bikinis aún más diminutas que en el 86, y el
vendedor de barquillos parecía anunciar por el megáfono una gran fiesta en la
playa estilo Cancún, donde todo el mundo pasa la noche bailando y tomando vodca en balde.
Los temores y la paranoia iban lentamente disipándose
al tono de llegar a decirle a Horacio para tranquilizarlo
definitivamente-”Ves,… Dios es Marplatense y para en La Sirena”
Como novedad el balneario presentaba este año la
inauguración de una hermosa y prolongada escollera que se internaba unos 300 m
en el océano para curvarse y quedar la punta casi mirando de frente a la playa.
Por supuesto era la caminata obligada de cada uno de
los visitantes, mostrándose repleta de gente caminando, pescando o sentados en
las rocas simplemente disfrutando del paisaje
Bien entrados en la escollera , cuando solo falta 30 m
para llegar a la punta, como en las películas la muchedumbre se abra dejando un
espacio vacante donde se podía ver a solo unos metros delante de nosotros, un
solitario extraño personaje caminado de espaldas, hacia la punta de
la escollera.
Escaso metro sesenta de estatura corta y
levemente excedido de peso, portando musculosa amarilla bermudas floreadas, tenue calvicie en el centro de su cabeza y rulos desprolijos cayendo hacia la
mitad de su cuello, completando la escena manojos de pelos enrulados en sus
hombros y un andar con los brazos ligeramente curvados hacia afuera dando un
inequívoco caricaturesco estilo patovica.
En 2 segundos nuestro verano marplatense se desvanecía
ante nuestros propios ojos, no sabíamos por cierto si era el o no, pero lo que
si iba a pasar era que en aproximadamente 15 segundos llegaría a la punta y se
daría vuelta quedando frente a frente, a escasos 20 m de nosotros.
Sin tiempo de más, comprendiendo que si nos dábamos
vuelta y emprendíamos la retirada (teniendo en cuenta la implacable ley de
Murphy) nos reconocería y nos encontraría ,sin duda la única opción era hacia
el mar , hacia el frio de las olas , como comentaríamos años más tarde The Alfonsina’s way.
Sin hablar lo agarro a Horacio todavía en shock y le
muestro un senderito más o menos fácil para descender en las rocas. Horacio sin mostrar sombras de titubeos, me
sigue con cautela.
Siendo un día hermoso de mar bueno(de acuerdo con la bandera celeste enarbolada por los guardavidas) con la rompiente a
unos 200 m y la corriente tirando para
la costa no había mucho que pensar, solo había que nadar fuerte los primeros
20-30 m para no ser arrastrados por la corriente que tira hacia las rocas y
luego sin mucho esfuerzo, pero de manera constante, nadar hasta poder barrenar
las primeras olas.
Juntos desde una roca a la altura del agua libre de rocas
alrededor que nos pongan en peligro, nos zambullimos y personalmente sentí en el frio del agua el placer
de recuperar la libertad, retrotrayéndome el momento a imágenes del film "Papillon".
Luego de unas brazadas veo a mi amigo avanzando muy
lentamente, cabeza en alto chapaleando brazadas ineficientes e infantiles (estilo perrito) , muy preocupado doy la vuelta y le pregunto –“Estas bien”?-“ Si
“dice Horacio algo agitado,” lo que pasa es ….que …glup (traga un poco de agua)
yo en realidad no sé nadar”
Lo tomo a Horacio de un brazo y comienzo a bracear
despacio con el otro brazo, pataleando duro en forma constante y tomando mucho
aire, Horacio sigue mis instrucciones se relaja y me ayuda pataleando y
manteniendo el aire.
Observando claramente que nos alejamos de las piedras
y de la visibilidad del sospechoso, a punto de alcanzar en pocos metros la
rompiente que nos empujara’ hacia la playa, no deja de sorprenderme (y quedara’
para siempre en mi mente la imagen), la firme casi heroica determinación de mi
amigo Horacio de cumplir con el pacto hasta las últimas consecuencias y
definitivamente pasar un verano sin el gordo Sauvignon , francamente!!
JAVIER MIRO